Los malditos y los héroes


Iván Tubau fue un comunicador total. Profesor en la facultad ‘madre’ de todas las escuelas superiores de periodismo en Cataluña, la de la Universidad Autónoma. Articulista brillante. Experto en periodismo cultural. Actor, director televisivo y ex máximo responsable de Playboy en España. Podría haber sido uno de los grandes referentes de la prensa catalana. Pero no lo es. ¿Su pecado? No formar parte de la casta nacionalista, no comulgar con la visión idílica de una tribu oprimida por un Estado que los independentistas consideran post-fascista y no poner por encima de los derechos individuales las necesidades del clan.

Un hombre libre como Tubau solo podía acabar donde acabó: siendo uno de los intelectuales que firmaron el manifiesto que posteriormente dio lugar al nacimiento del Partido de la Ciudadanía. Vamos, de Ciudadanos. Aunque hubiera dado igual que hubiera formado parte del Partido Popular, o del sector no soberanista del PSC. También la Cataluña oficial le hubiera ignorado al producirse su fallecimiento. No ser nacionalista pata negra obliga a pagar peaje en esta comunidad autónoma. Quien no sea secesionista en mayor o menor grado no disfrutará ni de grandes esquelas ni de grandes lamentos por parte de las autoridades que dicen representar a todos los catalanes, cuando solo trabajan para el 48 % que les vota.

No es de extrañar que la Cataluña oficial prácticamente haya ignorado la muerte de uno de sus periodistas más audaces. Los discursos emocionantes los guardan para los ‘suyos’. Aunque fallezcan debido a muertes tan poco heroicas, aunque igual de dolorosas, como un trágico accidente de bicicleta en una calle de Barcelona. A ese entierro no faltó nadie. En el de Tubau estuvieron ausentes casi todos, salvo sus amigos, familiares y (algunos) compañeros de causa y de profesión que supieron apreciar a un buen periodista que siempre dio la cara por la libertad, la pluralidad y la tolerancia.

Tubau nunca incitó a la sociedad catalana a dividirse en dos. Ni a que una mitad mirara por encima del hombro a la otra. Ni exacerbó los sentimientos de superioridad de los que ya se creían superiores a sus compatriotas. Iván, al que no conocí, pero con el que seguro que me hubiera echado unas buenas risas, no pensaba que los gobernantes andaluces mandan niños a Cataluña a esnifar cola por las calles de Barcelona. Como insinuó esa patriota metida a Consejera de ‘Bienestar Social’ que actualmente calienta poltrona en los escaños de honor del Parlamento autonómico.

Tampoco compartía la deriva a la que Puigdemont y los suyos han sometido a los medios públicos de la Generalitat, exacerbando el comportamiento sectario marca de la casa desde el mismo momento de la fundación de esos mecanismos de agitación y propaganda. Ni le hubiera comprado a Junqueras los falaces argumentos económicos para tratar de justificar el impresentable ‘España nos roba’. Por eso era un maldito, porque no era de ‘ellos’. Pero Tubau era tan grande que no necesitaba ser de los ‘nuestros’, de los que defendemos el constitucionalismo en Cataluña. No tenía que mostrar ni carné, ni adhesión a ninguna causa.

Porque Tubau era Tubau. Un ‘enfant terrible’ que jugaba a agitador cultural y mediático y que podía decir cualquier cosa de cualquiera. A eso se le llama ser un librepensador,  y ejercía este papel a conciencia. De ahí que todos los organismos, incluyendo el Colegio de Periodistas, hayan sabido buscar excusas o silencios para no compartir el dolor de sus allegados. Iván era un maldito, no un héroe. Las fanfarrias quedan para los caídos por la patria. Y Tubau más que patriota, era un intelectual que valoraba a las personas por encima de las banderas.

Sergio Fidalgo
El Confidencial
24 de noviembre de 2016

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